En el Complejo Funerario Acuña, el teléfono puede sonar a cualquier hora. Al otro lado de la línea hay preguntas difíciles. Hay personas que acaban de perder a un ser querido y que, además del dolor, deben enfrentar decisiones para las que nadie está realmente preparado.
Para Mario Acuña, asesor funerario y actual responsable del negocio familiar, aquí comienza su trabajo.
La empresa nació hace 25 años como un pequeño taller de fabricación de ataúdes fundado por su padre. Con el tiempo dejó de ofrecer únicamente un producto para convertirse en un servicio integral que hoy incluye velatorios, vehículos especializados y personal capacitado para acompañar a las familias durante todo el proceso.
Aunque creció rodeado de ese mundo, recuerda bien el primer servicio funerario que tuvo que atender personalmente. Fue en 2019, cuando un amigo de la universidad perdió a un familiar y recurrió a él buscando ayuda. Al organizar el velorio, entendió que debía permanecer junto a la familia desde el primer contacto hasta el cementerio.
«La familia entra en un estado de shock. En ese momento necesitan a alguien que les dé tranquilidad y les diga que todo va a salir bien», explica.
Mientras se intenta comprender lo ocurrido, también se deben gestionar certificados, coordinar con el registro civil, revisar seguros y tomar decisiones en cuestión de horas. Su labor consiste en asumir esas responsabilidades para que la familia pueda concentrarse en despedirse.
Lo cierto es que la relación de Mario con la muerte comenzó mucho antes.
“Mientras otros niños jugaban a las escondidas, yo jugaba a las escondidas en la funeraria con los ataúdes”, recuerda. “Claro que no es algo usual”.
Con el tiempo dejó de verlo como algo extraño y comenzó a entenderlo como el oficio que había acompañado a su familia durante toda la vida. Esa cercanía también transformó su manera de comprender el duelo.
Quizá por eso, cuando se le pregunta qué significa ofrecer un último adiós digno, no habla del ritual de velatorio o cajones sino el acompañar y ser ese: “yo me encargo, no estás solo”.
«Que una familia te diga ‘gracias, cumpliste todo lo que prometiste’, es lo que hace que uno sienta que realmente valió la pena», comenta.
Al final, después de acompañar decenas de despedidas, la mayor enseñanza no ha sido sobre la muerte, sino sobre la vida.
«He aprendido que la vida es un regalo y que el tiempo con los seres queridos es lo que realmente queda».
José Nava llegó al Perú en 2018 y comenzó limpiando las capillas y observando el trabajo de quienes preparaban los cuerpos.
Con el tiempo decidió especializarse en tanatopraxia y embalsamamiento, una profesión que, explica, ni siquiera cuenta con una carrera técnica o universitaria en el país. Para formarse tuvo que realizar cursos en instituciones de otros países de la región.
Habla de su profesión con la precisión de alguien acostumbrado a los procedimientos, pero también con el respeto de quien entiende que cada cuerpo pertenece a un contexto distinto.
La funeraria recoge a la persona fallecida para trasladarla al laboratorio. Allí José determina qué procedimiento necesita según la decisión de la familia. Cada caso exige un tratamiento diferente para preservar el cuerpo antes de vestirlo y colocarlo en el ataúd.
Aunque describe el proceso con naturalidad, reconoce que para la mayoría de personas sigue siendo un oficio rodeado de desconocimiento.
Para él, trabajar con personas fallecidas no es distinto a ejercer cualquier otra profesión, aunque admite que no cualquiera podría hacerlo.
«No siento que sea un trabajo extraordinario, pero sí creo que no todas las personas tienen la fortaleza para desempeñarlo».

Durante la pandemia, acudió al hospital del Niño para recoger el cuerpo de un recién nacido. Al descubrir su rostro para que la familia pudiera reconocerlo, quedó muy impactado.
«Hasta hoy recuerdo su expresión», dice en voz baja. «Era un bebé muy bonito y esa imagen nunca se me ha borrado».
Si bien se ha acostumbrado, siempre se siente algo.
La experiencia y la capacitación le permiten afrontar este tipo de situaciones, aun así, reconoce que algunas imágenes permanecen en la mente.
«Hay casos que sí dejan una secuela cuando uno llega a casa y trata de dormir».
Pero, al día siguiente, vuelve al laboratorio, pues sabe que detrás de cada procedimiento técnico existe una familia que espera reencontrarse, por última vez, con el rostro de alguien a quien amó.
Para el antropólogo Robert Hertz, los rituales funerarios constituyen un proceso social mediante el cual la comunidad acompaña la transición de una persona. Dentro de ese conjunto de rituales, se ofrece el recorrido final compartido con allegados.
Aunque suele pasar desapercibido, en ese trayecto existe una persona encargada de conducirlo con el mismo respeto que exige todo el proceso de despedida.
Jorge Gispert lleva más de dieciséis años trabajando como conductor y asistente funerario. También participa en preparaciones y realiza trámites, aunque gran parte de su jornada transcurre detrás del volante.
“No es un oficio con el que uno crezca diciendo que quiere ser funerario”, reconoce. “Llegué porque necesitaba trabajo y ya tenía licencia”.
A veces la familia viaja junto a él y en compañía van en silencio. Jorge procura responder con calma e incluso conversar cuando siente que eso puede hacer más llevadero el camino.
«Hay familias que necesitan hablar. Nosotros también conversamos con ellos para que el viaje sea un poco más tranquilo», cuenta.
Sabemos que Jorge entiende la muerte de otra manera y explica que también siente diferente algunas pérdidas; pues, cuando una persona mayor o con una enfermedad terminal fallece, muchas familias sienten que el sufrimiento finalmente terminó. Sin embargo, cuando quien parte es un niño, un joven o una madre de familia, choca más. Quizás por la esperanza de vida.
«Ahí sí el dolor es muy fuerte», afirma.
Después de tantos años, lo que más valora es el manifiesto del respeto en guardar y sellar vidas para siempre.
Disfrutar el duelo
Velar a un ser querido no es igual en todas las culturas. Mientras algunas familias lo manejan en el silencio, la privacidad o la solemnidad, otras prefieren incorporar música o “celebraciones» como una forma de recordar la vida del fallecido antes que su muerte. Para los especialistas en antropología, estas diferencias responden a prácticas culturales que ayudan a elaborar el duelo y fortalecer los vínculos comunitarios.
Algunas personas encuentran consuelo en el silencio y otras optan por recordar a quien partió con canciones y aplausos. No es una práctica nueva, pero quien ha llamado la atención en la cultura popular peruana y también internacional, es Cristian Daniel Huancahuari, más conocido como El Cangri del Callao. Se viralizó un video donde cantaba y animaba un velorio en el Callao, desatando críticas y asombro porque para algunos podría ser un gesto antisonante.
Durante años, El Cangri se dedicó al reguetón y, tras una pausa en su carrera, retomó la música con el objetivo de abrirse camino dentro de la escena urbana peruana. Nunca imaginó que sería gracias a una despedida que cambiaría relativamente su rumbo artístico.
Todo empezó cuando la familia de un joven seguidor suyo lo llamó para contarle que había fallecido. El muchacho lo seguía en redes sociales y tenía el deseo de conocerlo personalmente.
La familia lo invitó, resultando una sorpresa dicha propuesta.
«Yo pensé: ¿cómo voy a cantar en un velorio? Es un momento muy sensible», recuerda. Antes de aceptar puso una condición: si iba a presentarse, no interpretaría canciones tristes. Haría exactamente lo contrario. Buscaría recordar la alegría con la que aquella persona había vivido.
Grabaron la presentación y se viralizó. A muchos no se les hacía tan correcto o posible siquiera imaginar un reguetón sonando junto a un ataúd. Sin embargo, el flow de Cristian lo hizo realidad.
«Hay que respetar cómo cada familia decide despedir a su ser querido», sostiene.
Desde entonces ha participado en más velorios y asegura que, antes de empezar a cantar, siempre pide permiso al fallecido y a su familia. No busca convertir el dolor en una fiesta. Busca ofrecer un respiro.
«La tristeza siempre va a estar ahí», dice. «Lo que intento es maquillar un poco ese momento para que la familia también recuerde a esa persona como era en vida: alegre».
Recuerda especialmente a un hombre mayor que al principio observó toda la presentación con evidente molestia. Cuando terminó de cantar, el hombre se acercó para estrecharle la mano.
«Me dijo que al inicio sintió que era una falta de respeto, pero que después vio sonreír a su familia y entendió lo que intentábamos hacer.»
Ha podido sentir que su trabajo es recibido por las personas, sea para bien o para mal. Además, este contacto con las despedidas también le enseñaron algo sobre la vida.
«Aprendí a valorar mucho más a mi familia y a las personas que tengo cerca. Uno nunca sabe cuándo llegará el momento de despedirse».
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