Cuando tenía catorce años, mi relación con mi cabello se volvió una batalla diaria. No entendía cómo cuidarlo, me frustraba peinarlo, renegaba, lloraba y lo agarraba con rabia.
Mientras mis amigas o las chicas de redes aparecían con cabellos lacios, perfectos, brillantes y más fáciles, yo sentía que mis rizos eran un desorden, un castigo y un recordatorio de que no encajaba. Empecé a compararme, a esconderlo, a desear que fuera lacio para sentirme bonita.
Esa sensación, con el tiempo, dejó de ser solo incomodidad, se convirtió en rechazo. Un rechazo hacia mí misma.
No era simplemente un cabello rebelde: era la evidencia de que no cumplía el estándar que la sociedad celebra. Así como yo lo viví, también lo viven miles de chicas y chicos que, como yo, aprendieron que su cabello natural no era suficiente.
Mi tía me enseñó a cuidarlo cuando era más pequeña, pero el verdadero proceso de mantenerlo, entenderlo y aceptarlo fue mío, y fue una guerra lenta.
Aunque sabía qué hacer, me cansaba, me rendía, dejaba mi cabello sin cuidado y sin amor porque sentía que tampoco lo merecía. Además, los comentarios tampoco ayudaban: péinate, tu cabello es feo. Palabras que parecen pequeñas, pero que trabajan como gotas que desgastan la autoestima.
Mientras yo lidiaba con mis complejos, en mi entorno cultural pasaba algo más grande no era común ver rizos en publicidad y televisión, lo bonito siempre era lo lacio, lo profesional, “lo normal”. Ahí empecé a entender que no era solo una opinión personal, era una estructura social.
Ese rechazo colectivo tiene datos, tiene historia. No era solo yo.
En un estudio de la PUCP se documenta cómo jóvenes profesionales con cabello afro-rizado en Lima viven prejuicios laborales que afectan su idea de “buena presencia”.
A nivel internacional, reportes de Dove y la CROWN Coalition muestran que las personas con rizos son percibidas como menos profesionales, sufren más presión para alisarse el cabello.
En Lima y Callao, una investigación del Instituto de Estudios Peruanos reveló que muchas personas sienten que el cabello lacio sigue siendo considerado el “ideal”, lo que genera inseguridad y afecta la identidad de quienes tienen textura natural.
Con estos datos comprendí algo que me liberó, mi lucha no era superficial tenía un origen social, cultural y emocional.
Mi punto de quiebre ocurrió en un evento familiar, me plancharon el cabello y terminó quemado. En ese momento entendí algo que nunca nadie me explicó, el cabello rizado y ondulado es más frágil al calor porque su forma en espiral hace que las cutículas estén más levantadas y la hebra se deshidrate más rápido.
Por eso, cuando se expone a planchas muy calientes, las puntas se quiebran con facilidad y el patrón natural se pierde.
Las puntas se rompían, se veía opaco, muerto, sin forma. Yo ya había empezado poco a poco a querer mis rizos, pero ese día sentí que retrocedí años.
Me quedé con el cabello dañado durante meses y aunque al inicio me dolió, fue ese golpe el que me obligó a tomar una decisión o seguía luchando contra lo que soy o empezaba a cuidarlo como se cuida algo valioso. Elegí lo segundo.
Comencé a aprender de verdad sobre métodos, hidratación y rutinas. Entendí que mis rizos no eran un problema. yo había aprendido a tratarlos como un problema.
Mi rutina empezó simple: un shampoo suave, una buena mascarilla hidratante, crema de peinar y gel para fijar.
Marcas accesibles como Skala, Garnier Fructis, Cantu o Novex se volvieron parte de mi proceso. Descubrí también espacios donde celebran las texturas naturales, como las peluquerías especializadas Zamba Pisando Tierra, Rizos Peruanos Salón o Crespa Salón, lugares donde el cabello rizado no es corregido, sino respetado.
Me tomó tiempo, paciencia y días de frustración, pero también me trajo una satisfacción nueva verme en el espejo y reconocerme.
Hoy mi cabello está sano otra vez y lo más importante, ya no me comparo, ya no escucho comentarios negativos, ya no me avergüenza mi textura. Al contrario, la celebro porque refleja quién soy, de dónde vengo y lo que viví. No soy la única y por eso lo cuento.
Miles de chicas y chicos han pasado por esto y nunca lo dicen porque parece un tema menor. Pero no lo es. El cabello también cuenta historias y esta historia, mi historia, es la de muchas y muchos. Aceptar mis rizos fue aceptar una parte de mí que siempre intenté esconder.
Ahora, cada curva de mi cabello es un recordatorio de algo que me tomó años aprender: lo natural no necesita comparación para ser hermoso, necesita libertad.
Sobre Hillary Ramírez
Estudiante de Comunicación y Publicidad.






