Por Dayana Maldonado febrero 20, 2026

Dasha llegó a mi vida cuando yo tenía cuatro años. Mi tía la encontró en una caja, siendo solo una cachorra. Mi mamá trabajaba de lunes a domingo, casi todo el día, de modo que mientras a otros niños los recogían sus padres del colegio, a mí me recogía Dasha. Me esperaba en la puerta, y no se movía hasta verme salir.

Compartimos todo: comer, dormir, jugar. Su presencia llenaba cada rincón de la casa. Ella era mi compañera. 

Cuidar a una mascota no es fácil y tampoco gratis. En promedio, los peruanos gastan hasta S/6.000 por año en su mascota por alimentos, ropa, atenciones veterinarias, entre otros. Esa suma de dinero está fuera de las posibilidades de una familia que está en categoría de pobreza extrema y ese fue mi caso.  

La pobreza siempre fue un obstáculo. Comer y tener un techo era un lujo. No tenía televisor y mucho menos celular, lo que significaba que éramos solo Dasha y yo en una mesa almorzando juntas. Cuando se perdió por cinco días, pensé que no la volvería a ver, pero una mañana regresó, rasguñando la puerta.

Dos meses después, inesperadamente, dio a luz a cinco cachorritos. Fue una alegría, pero también una preocupación.

“¿Cómo me hago cargo de tantos perros?”. La primera opción era regalarlos, pero si no son de raza, no los quieren.  

El lugar donde vivíamos era sumamente frío, y lo peor era que estábamos en invierno. El techo era de calamina y las paredes de madera. No pude darles una cama digna, apenas logré cubrirlos con frazadas.

Estuve sola ayudando a Dasha a parir, y aunque todo parecía haber salido bien, a la mañana siguiente los cachorros estaban muertos. Con solo diez años, intenté reanimarlos, pero no funcionó. Sus crías ya no respiraban. Estaban heladas. Hasta hoy lamento esa experiencia. Dasha lloraba en las madrugadas, y yo sentía que era mi culpa.  

Esto no habría pasado si hubiera estado esterilizada. 

Según datos del Ministerio de Salud, existen alrededor de 6 millones de perros sin hogar, de los cuales cuatro millones están en Lima.

La esterilización podría frenar esta reproducción, pero si son menores a 15 kilos la esterilización es de S/104.60 y las que son mayores a 15 kilos el pago es de S/154.30, además se tiene que tomar en cuenta los medicamentos posteriores. Muchas familias no pueden permitírselo.

Esto significa que no todos tienen la posibilidad de ayudar a sus perros. Por ello, muchas crías son abandonadas, y sigue existiendo el problema de la sobrepoblación canina. 

La vida de los perros depende de la situación de sus familias humanas. Tino, el perro pituco de mi amigo Daniel, come croquetas de marca, recibe un baño cada dos semanas y visita el veterinario cada vez que lo necesita. En cambio, Dasha comía lo que yo podía compartirle. Yo misma la bañaba. Nunca fue al veterinario. 

«Si no puedes criar a un perro, no tengas uno», me dijo una vecina, pero no le encuentro sentido, pues prefiero adoptar que dejarlos en la calle. 

Esto también pasa en Estados Unidos, es un problema serio que muchos subestiman. De hecho, Kitty Block, presidenta y directora ejecutiva de la Humane Society of the United States menciona que “millones de dueños de mascotas no pueden costear o no tienen acceso a servicios veterinarios. La mayoría de las personas son conscientes de cómo la pobreza afecta a sus mascotas” 

Cuando Dasha cumplió ocho años, su cuerpo comenzó a fallar. La llevé al veterinario con la esperanza de que pudiera recuperarse, pero jamás pensé que ese sería su último día. Los tratamientos eran costosos, y no podía pagarlos. Verla sufrir me destrozaba, pero más lo hacía saber que no merecía morir.  

Lo más difícil fue pagar la eutanasia. Una vecina tuvo que prestarme dinero porque Dasha sufría tanto que sus aullidos despertaban a los vecinos. Aunque no se quejaron directamente, las molestias se sintieron. Por tres días traté de aliviarla con medicamentos, pero necesitaba una operación.

La decisión fue abrumadora: era dejarla y que siga sufriendo o aplicar la eutanasia. No podía ser egoísta. Tuve que dejarla ir.  

Todos los días me preguntaba: «¿Yo la maté?». Me torturaba pensando que no hice lo suficiente. Ella falleció un 19 de enero, nueve días antes de mi cumpleaños. Desde entonces, odio celebrarlo. La herida de su partida aún sigue abierta. 

Ahora estoy en una mejor situación. Tengo tres perritos y les puedo brindar lo que necesitan: ropa, tres comidas diarias, un techo adecuado para vivir y citas con el veterinario.

Me prometí que para tener una mascota tendría que estar preparada económicamente. Se lo prometí también a Dasha, a quien me hubiera gustado darle lo que mis perros tienen ahora. 

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Sobre Dayana Maldonado

Estudiante de la carrera de Comunicación y Publicidad. Me interesa el periodismo y la publicidad. Mi pasión es el baile, amo el arte y me encantan los animales.

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