Rosa Victoria Chauca se presenta como “autista, loca, teatrera, arte-educadora y casi socióloga”. Más que una frase llamativa, es una forma de nombrarse desde la honestidad y de resignificar palabras que muchas veces fueron usadas como insulto. “Si saben cómo soy, ¿pa’ qué me invitan?”, dice entre risas, dejando claro que su identidad también es una postura política.
Su relación con el teatro comenzó desde muy pequeña, cuando a los seis años se perdió entre los camerinos de una función infantil y descubrió un espacio que se sentía distinto: más tranquilo, más libre. Creció en Los Olivos y encontró en el teatro independiente un lugar de pertenencia y expresión.
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Hoy, entre el escenario y la enseñanza, Rosa construye un trabajo artístico y pedagógico atravesado por la neurodivergencia, la educación y las historias de Lima Norte, buscando crear desde los márgenes y dar espacio a voces que muchas veces no son escuchadas.
En una entrevista mencionaste que el teatro te ha dado muchas alegrías, pero también dificultades, una de ellas por tu condición de mujer autista. ¿Qué dificultades específicas enfrentaste en espacios teatrales?
Había mucho acoso y abuso. Las formas en que muchas personas compartían saber teatral se basaban en técnicas bastante violentas e inhumanas. No voy a negar que sufrí mucho acoso. Y no hablo solo de acoso sexual, sino también de violencia física y psicológica, además de personas que se aprovechaban de tu trabajo o de lo impetuosa que eras. Fue una posición tan incómoda que cuando yo estaba en la formación de la ENSAD tuve que dejarla dos años porque ya no pude más. Ahora lo puedo hablar con más calma. Si me lo preguntabas hace cuatro años, creo que me hubiera roto a llorar. Era una época en la que la idea de acoso o abuso no se conversaba. Se creía normal que un docente tuviera vínculos con estudiantes. Y como yo soy autista, muchas veces no entendía esos acercamientos hasta que ya eran extremadamente evidentes o violentos, creo que por mi condición estuve mucho más expuesta.
¿Cómo marcó esa experiencia tu forma de crear y de enseñar?
Cuando me retiré de la escuela me dediqué a otras cosas, más relacionadas al trabajo comunitario. Y empecé a pensar sociológicamente por qué habían pasado esas cosas. En ese momento yo todavía no tenía diagnóstico de autismo. Tenía ansiedad social, mutismo selectivo y otros diagnósticos relacionados con la interacción social. Entonces empecé a entender que existían estructuras de poder que avalaban ese tipo de prácticas. Y también tuve que entender que no fue mi culpa. Después pensé: “¿Por qué tengo que dejar algo que amo tanto como el teatro por culpa de personas que abusaron de su poder?”. Eso cambió totalmente mi mirada, empecé a pensar qué es lo que no quiero hacer. Entonces empecé a construir espacios más respetuosos, donde se reconozca el trabajo de todos. Procesos creativos donde el trabajo colectivo sea realmente valorado.
“Los sonidos al otro lado de mi puerta” fue una obra pensada para niños neurodivergentes. ¿Cómo nació la propuesta y qué tal fue la experiencia?
La propuesta nació en pandemia, en un momento en que muchos niños estaban perdiendo familiares y nadie les explicaba realmente qué estaba pasando. Se usaban metáforas como “se fue de viaje” o “está lejos”. Junto con Mario Zanatta, empezamos a preguntarnos cómo hablar de la muerte con las infancias. La obra parte de una experiencia personal. Cuando era pequeña, me dijeron que un familiar se había ido de viaje y yo lo entendí de manera literal. El duelo recién llegó años después, cuando comprendí que era una metáfora.
Suele pasar.
También investigamos experiencias de funciones distendidas en espacios como el GAM de Chile y pensamos: ¿qué pasaría si esto se hiciera desde un equipo con personas autistas? Entonces la obra incorporó recursos de accesibilidad desde su creación. Tenemos un Salón de la Calma para niños sobreestimulados, ajustamos los niveles de sonido, evitamos los apagones y trabajamos con materiales de anticipación para adultos responsables. Además, las infancias pueden entrar y salir de la sala libremente. Creo que hice esta obra porque me hubiera gustado vivir una experiencia así cuando era niña.
“De cuando El Flaco Martínez se fue al cielo sin decirle adiós a su chibolo” se presentó virtualmente y luego presencialmente. ¿Cómo fue dirigir en pandemia?
La obra tiene una historia bien particular. Yo tenía la idea desde el 2015, pero no me consideraba dramaturga ni directora. Con Mario Zanatta empezamos a construir el proyecto tomando como referencia una ruta de combi que conectaba varios puntos de Lima Norte y la carretera central. La obra iba a ser presencial, con siete paraderos. Pero llegó la pandemia. Así que terminamos la dramaturgia de manera virtual, hicimos la música también virtualmente, todos en videollamadas, y luego tuvimos que adaptarla a un formato audiovisual. Ensayábamos con mascarillas, sin tocarnos y en espacios abiertos. Para grabar mandamos pruebas COVID de todo el equipo.
Comprendo.
La parte audiovisual quedó bonita, pero nos dimos cuenta de que la obra necesitaba ser presencial. Cuando finalmente pudimos hacerla como queríamos fue como concretar la idea original por fin. Y lo más difícil fue la música en vivo. Los actores se adaptaban fácilmente porque tenían experiencia tanto en cámara como en teatro, pero lo musical implicó ampliar repertorios, improvisar y crear nuevas conexiones.
Tus obras hablan de muerte, soledad, paternidad y marginalidad. ¿Hay algún tema que todavía quieras trabajar?
Creo que el factor común de mis obras es el territorio y la reflexión sobre la ciudad. En “El Flaco Martínez”, por ejemplo, hablamos de esta amistad entre un cobrador y un chofer que no pueden decirse que se quieren por la masculinidad tóxica, pero también del sistema de transporte y de cómo tienen que competir para sobrevivir. Y me di cuenta de que en mis obras había muchos hombres. Entonces empecé a trabajar más temas relacionados a mujeres y memorias cotidianas, como en “El devenir”. También me gustaría volver a usar más el cuerpo. Hacer una obra sin texto, principalmente física. Y me gustaría hacer algo más tierno. Mis obras suelen ser densas; la gente se ríe, pero termina llorando. Quisiera hacer algo que se sienta como un abrazo.
¿Cómo empiezas normalmente un proceso creativo?
Cada proceso empieza distinto, pero mis principales fuentes son la música, la poesía y las conversaciones con amigos. “El Flaco Martínez” nació escuchando “El anillo del Capitán Beto”. Pensé: “¿Qué pasaría si en vez de un colectivero bonaerense fuera un chofer de combi?”. “Los sonidos al otro lado de mi puerta” nació a partir del poema “La niña de la lámpara azul”. Y “El devenir” surgió desde las memorias de cocina de la mamá de Mario, pero terminó mezclándose con nuestras propias precariedades como artistas, vivir de cachuelos, tener varios trabajos y aun así intentar hacer teatro.
Mencionas que te nace de la necesidad de “producir desde los conos”. ¿Qué tipo de teatro quieres que exista en Lima Norte?
Cuando era más chica me daba cuenta de que muchas obras sobre marginalidad eran escritas por gente que no vivía esos espacios. Entonces sentí la necesidad de generar narrativas desde aquí, desde nuestra propia mirada. Me gustaría que existieran más espacios culturales realmente pensados para nuestras dinámicas. Espacios que entiendan cómo nos movemos, cómo vivimos y qué tipo de horarios funcionan para nuestro público. También me interesa diversificar la idea de cultura. Muchas veces se dice que no hay oferta cultural, pero sí existe como la música vernacular, los espacios populares, los encuentros barriales. Quiero espacios culturales que dialoguen realmente con la gente que vive aquí.
¿Qué te gustaría que la gente se lleve después de ver tu trabajo?
Hay un texto de Jacques Rancière sobre el espectador emancipado que me gusta mucho. Yo no quiero darle respuestas digeridas al público. Me interesa más generar preguntas. Quiero que alguien salga preguntándose por qué se rió cierta persona y él no entendió el chiste, o por qué es tan difícil que los hombres se digan “te quiero”, o por qué ciertas personas tienen que matarse trabajando para sobrevivir. Más que respuestas, quiero preguntas que movilicen.
Sobre Nathalie Oro
Estudiante de Comunicación y Publicidad. Amante de los gatos, los musicales y la fotografía. Me interesa reflexionar sobre temas de relevancia social y compartir mis ideas al respecto. En mi tiempo libre, disfruto ver series y tejer.







