Por Nathalie Oro octubre 06, 2026

Ricardo Lazo quería ser cocinero. Luego estudió Comunicaciones por descarte, editó video en televisión por necesidad y dibujaba en los huecos que le dejaba el día porque no podía dejar de hacerlo. En una época en la que hacer cómics en Perú no parecía una opción viable para dedicarse profesionalmente y mantenerse económicamente estable. Avanzó entre la incertidumbre y el miedo de no saber si realmente podía vivir de aquello que más le gustaba.

De ese impulso nació Wayra, primero como un personaje inspirado en una visión fantástica del mundo andino, luego como una tira publicada cada jueves en Facebook. Más adelante, su actual editor, Carlos González, de Altazor, lo contactó para llevar Wayra hacia un formato más narrativo. Ahí el proyecto dejó de ser un pasatiempo y empezó a convertirse en algo más grande.

Hoy, Rick sigue dibujando con la misma curiosidad y convicción con la que empezó, pero ahora con algo que antes no imaginaba: una comunidad de lectores que creció con su trabajo y una carrera construida alrededor de lo que alguna vez parecía solo un hobby.  

Dejaste un trabajo estable para dedicarte completamente al cómic. ¿Cómo recuerdas ese salto hacia el dibujo y la narrativa gráfica?
Con la llegada de Wayra y con la propuesta de mi editor, tuve que tomar una decisión. En esa época ya trabajaba y también estaba estudiando animación digital, porque me entró esa inquietud de querer entrar en la industria de la animación. Entonces dejé de trabajar para estudiar, aunque luego terminé dejando la carrera de animación digital porque me estaba saliendo bastante costosa. La dejé para dedicarme a escribir el cómic y desarrollarlo.

Fue un salto de fe.
Claro, quien deja un trabajo o deja de estudiar algo para dedicarse a esto sabe que hay incertidumbre, pero en ese momento era lo que quería hacer y simplemente lo hice. Años después seguimos con otro cómic más, luego en 2019 salió el tercer cómic y el resto ya es historia. La pandemia nos detuvo bastante mal. Tuve que buscar trabajo como ilustrador independiente y me fue muy bien. Sin querer queriendo, logré desarrollarme en esta industria de la ilustración y el cómic.

Estudiaste animación en el Instituto Toulouse Lautrec. ¿Cómo cambió tu manera de contar historias visualmente después de esa etapa?
La media carrera que pasé ahí, definió mi manera de trabajar. Estaba trabajando en el primer libro de Wayra cuando entré, y al mostrarlo a mis profesores y compañeros recibí respuestas positivas, pero también bastante feedback. Así entendí que mi cómic tenía problemas. De hecho, el libro iba a salir con una portada diferente. Después de esas primeras clases, que me cambiaron la perspectiva sobre cómo se dibuja y cómo se compone una imagen, le propuse a mi editor rehacerla.

¿Y qué pasó?
Así salió la portada amarilla de Wayra y el Medallón del Sol. Desde ahí, cada libro también ha sido una forma de aplicar lo que voy aprendiendo, tanto en dibujo como en la manera de escribir historias. Es bonito, porque cada libro representa algo nuevo, un aprendizaje distinto. Y además es muy divertido; es un proceso que de verdad disfruto mucho.

Wayra es curiosa, traviesa y siempre termina metiéndose donde no debe. ¿De dónde nace su personalidad?
Siempre he creado personajes que de alguna manera se inspiran en mí. Pero con Wayra pasa algo diferente, he aprendido a escribir personajes totalmente ajenos a cómo yo pienso o a cómo yo soy. Y eso es lo divertido de Wayra. Ella es un espíritu libre. También influyó mi hermana, Ximena, que nació en 2007, poco antes de que Wayra comenzará a tomar forma. Verla crecer, observar cómo se comportaba, qué la hacía feliz o qué la ponía triste, me inspiró en parte para construir al personaje. Y también está el hecho de que sea una niña de ocho años, lo que la convierte en un personaje muy querible, alguien que a veces uno quiere proteger y alguien que crece junto con su público. Y eso es algo muy bonito, porque muchos de esos niños que crecieron leyendo Wayra hoy ya son adolescentes o jóvenes adultos que me dicen que Wayra fue parte de su infancia.

Tus cómics incluyen palabras en quechua, mitos y referencias muy específicas de la tradición andina. ¿Cómo es tu proceso de investigación para construir ese universo?
Responde mucho a la necesidad de cada historia, porque cada libro abarca ciertas estéticas o ciertos mitos que ayudan a construir ese universo.  A veces parto de una idea concreta, como decir: “quiero escribir una historia que gire alrededor de la cultura Chavín”. Entonces, a partir de eso, exploro todo lo que puede aportar Chavín y veo qué elementos pueden entrar en la historia. Otras veces pasa al revés pues descubro mitos y leyendas en libros o documentales que, de pronto, encienden una inspiración y terminan llevándome hacia una historia. Dentro de ese proceso, también ocurre que, mientras estoy escribiendo, necesito cierto tipo de personaje o una bestia en particular.

¿Por ejemplo?
Es el caso de un personaje que se llama El Chiro. Es una leyenda poco conocida del bestiario mitológico, que es una criatura humanoide, bastante peluda, con piernas muy largas, que vive en los Andes y es solitaria. Así que lo tomé, lo reinterpreté y lo añadí a la historia como parte del proceso creativo.

¿Quiénes fueron tus referentes y qué querías aportar desde una identidad más peruana?
Mis primeras influencias fueron clásicos como Mafalda, Tintín y Astérix, que me fueron formando como lector. Yo era consciente de la existencia de los cómics de superhéroes, de Spider-Man y todo eso, pero curiosamente a mí nunca me calaron tanto de chico. O quizá simplemente no llegaron a mí en ese momento. Luego, en la adolescencia, llegó el manga. Curiosamente, mi primer acercamiento no fue con los clásicos de la época, como Dragon Ball o Naruto, sino con un manga de romance escolar que me compró mi papá.

Quién lo diría.
Ese descubrimiento me influyó muchísimo y me llevó a crear mis propias historias con esa estética. Más adelante, en la universidad, surgió una pregunta con unos amigos: “¿Y algo peruano?” Entonces empecé a mirar lo peruano, las culturas, la historia, todo eso que uno había visto en el colegio, y empecé a verlo como una inspiración estética. Y dije: “Voy a crear un universo estéticamente inspirado en todo lo andino, en todo lo precolombino”. 

¿Cómo ha sido crecer desde ese contacto tan directo con la gente y los lectores?
Pues, para mí particularmente ha sido un poco complicado, porque en sí no soy mucho de salir. Pero también está esta necesidad de poder vender tu arte, no solo acá en Perú, sino también afuera. No hace mucho, hace unas semanas nada más, fue el festival más reciente de cómic, el primer festival al que voy después de bastante tiempo a vender mis cómics y distribuirlos. Se sintió bonito ser parte de un ecosistema. Hay un montón de cómic peruano. Me da la impresión de que estamos en una época muy buena para el cómic peruano.

Mencionaste que había personas que te comentaron que Wayra fue parte de su infancia. ¿Te llevas mensajes de personas con tanta conexión con el arte que haces?
Sí, eso es diferente porque esos son lectores. Y la relación en sí con mis lectores, con los que han estado siguiendo mi trabajo, es bien bonita. Y de verdad yo siempre estoy bien agradecido con ellos, porque saber que tu trabajo le importa a tus lectores es un combustible muy potente, que es el que también me da ganas de seguir haciendo cómic. A veces incluso más que en sí lo que te puede dejar hacer cómic, porque, valgan verdades, hacer cómic no es rentable en el país. Pero saber que te leen y que quieren saber más de tu obra es muy bonito, y de eso estoy muy agradecido.

Después de tantos años dibujando y publicando ¿Sientes que hoy eres el artista que imaginabas cuando empezaste?
Creo que mi yo de antes no habría creído que iba a llegar hasta donde estoy hoy. Durante toda mi infancia nunca pensé que fuera posible dedicarse a esto en Perú. Para mi era simplemente un hobby, algo que hacía porque me gustaba, pero sin imaginar que podría vivir de ello. Ese artista de antes se sorprendería mucho de lo que he logrado. Y si pudiera volver en el tiempo y decirle algo a mi yo del pasado, le diría: “Oye, sí puedes dedicarte a esto, ¿sabes?” Creo que escuchar eso lo habría cambiado todo. Hoy me siento muy contento con el camino que he recorrido y también muy emocionado por un proyecto en el que estoy trabajando, que se estrena bastante pronto.

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Sobre Nathalie Oro

Estudiante de Comunicación y Publicidad. Amante de los gatos, los musicales y la fotografía. Me interesa reflexionar sobre temas de relevancia social y compartir mis ideas al respecto. En mi tiempo libre, disfruto ver series y tejer.

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