Por Fabiana Arbaiza octubre 03, 2026

Uno de los bienes del ser humano más trascendentales en nuestra historia ha sido, y es, la literatura.

Indistintamente de cómo hayan sido bautizados por sus creadores -cuentos, mitos, leyendas, historias religiosas, cantos, epopeyas, poemas-, toda clase de escrito de valor logró edificar la sociedad que, para bien o mal, hemos creado. Y, a pesar de este valor histórico y cultural, es cazado como una valiosa presa por la tecnología.

Sí, coincido en que es necesario y parte de la vida evolucionar, no estoy contra ese mandato mundano. Sin embargo, todo lo que crea el hombre parece estar destinado a destruirse y deconstruirse en las manos de poderosas corporaciones.

En esta lista larga de grandes corporaciones está Anthropic, la empresa que creó Claude, y por quien estamos escribiendo hoy, después de que el Washington Post revelara documentos desclasificados del Proyecto Panamá.

Este nace en 2024 con la idea de entrenar a Claude, alimentándola con libros para “escribir bien”, ya que, al usar internet como su fuente de información, la IA solo consume datos producidos por más IA.

Me pregunto cómo le enseñas a una IA a escribir bien, cuando la única forma de hacerlo es leyendo y entendiendo lo que lees. No solo hablamos de técnicas, en la literatura existe alma, vida.

Para escribir debes imaginar.

¿Cómo una IA imagina? ¿De qué manera les da vida a sus textos con algo que no posee?

John Dewey, pedagogo y psicólogo estadounidense habla del learning by doing, explica que, solo experimentando y cometiendo errores se pasa por un proceso de aprendizaje.

Entonces, Anthropic, ¿cómo pretendes enseñarle a escribir bien a Claude?

Obviando la diferencia de significado entre enseñar o entrenar, la manera en la que se desarrolló este proyecto nos aleja del valor que tiene un libro: no solo es la información que nos ofrece, sino un objeto con un peso invaluable. Anthropic convirtió en papel higiénico lo que alguna vez contenía algo precioso que guardar.

Pero el caso no quedo aquí. Cuando sale al público, un grupo de escritores liderados por Andrea Bartz, Charles Graeber y Kirk Wallace Johnson, demandó a la empresa Anthropic, llevándola a tribunales ese mismo año por infringir derechos de autor.

Y es que la sociedad no está preparada para desarrollar, a la velocidad en la que avanza la IA, reglas, normas y leyes que sean capaces de determinar hasta dónde puede llegar su uso.

Frente a la demanda, Anthropic aceptó pagar  US$ 1.500 millones y se convirtió en la mayor indemnización conocida por vulnerar los derechos de autor. Pero esto no fue por alimentar sus modelos de IA con libros físicos de millones de autores -se desestimó-, sino por obtenerlos de páginas piratas.

Esto nos demuestra un gran problema, ¿de qué manera protegemos los derechos de autor en estos casos cuando la legislación todavía está en la carrera por definir y delimitar lo que significa utilizar una obra?

Y no puedo irme sin antes mencionar la historia de un «gran hermano» en una ciudad que veía y oía todo, y que cualquier vestigio de individualidad o pensamiento fuera del que él predicaba era aberrante, al punto de eliminarlos. ¿Hola, George Orwell?

O un mundo alejado de nuestro presente donde leer es un delito, y que para evitarlo es necesario quemar todos los libros que existen. ¿Qué tal, Ray Bradbury?

Lo que les he descrito arriba son relatos de ficción, distopias de un sociedad fallida. Sin embargo, les deben recordar a alguna época de nuestra historia.

Mi punto es que el conocimiento debe existir para todos, pues cuando es usado por grandes corporaciones como Anthropic deberíamos preguntarnos si esa información será la misma que podemos obtener de un libro y no de internet, Claude o cualquier inteligencia artificial que nos resume y hace más fácil nuestras vidas.

Cuestiónate todo, ya que a estas alturas no se sabe si lo que pasa en el mundo puede ser ficción o una retorcida realidad que estamos dejando construir por las personas equivocadas.

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Sobre Fabiana Arbaiza

Estudiante de Comunicación y Publicidad.

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