Por Adriano Camacho octubre 13, 2026

Durante mi etapa escolar, mientras mis compañeras compartían abiertamente su fanatismo por bandas como Twice, GOT7 o BTS, yo guardaba un secreto que en un grupo adolescente equivalía a una sentencia social: ser el único varón al que le fascinaba el k-pop.

Ello me convirtió en blanco de burlas constantes y sospechas injustificadas.

«Seguro eres del otro equipo», fue el comentario que me persiguió desde la secundaria hasta los primeros años de universidad.

En una sociedad que sigue atrapada en estereotipos del siglo pasado, admitir que eres hombre y admiras a una boyband asiática se ve como una provocación voluntaria.

Lo curioso es que nadie cuestiona a quien llora con una balada de Alejandro Sanz ni al que colecciona álbumes de rock clásico. El rechazo aparece, puntual, cuando el artista tiene ojos rasgados y usa delineador. Reducir la apreciación estética a una etiqueta de género no es solo injusto, es la expresión más clara de una inseguridad colectiva que todavía no se atreve a nombrarse. 

El problema de fondo es la rigidez cultural con la que se construye la masculinidad en el Perú.

Estamos acostumbrados a validar únicamente el estereotipo del hombre viril, rústico e insensible. Bajo esa lógica, cualquier varón que cuide su apariencia o disfrute de una propuesta visualmente elaborada es etiquetado de inmediato como una rareza o una amenaza para el grupo.

Nos parece completamente normal que los hombres griten, lloren y se abracen con desconocidos en una tribuna de fútbol, pero nos escandaliza que apreciemos la moda vanguardista o la sofisticación estética de un escenario.

Según el MIMP, la sociedad peruana impone barreras rígidas sobre el consumo masculino, penalizando cualquier comportamiento que se desplace hacia la sensibilidad o el cuidado estético. En ese marco, la burla al k-poper no es una opinión sobre músic: es homofobia y xenofobia internalizada, disfrazadas de bromas. 

Quienes reducen el K-pop a «música comercial para niñas» evidencian un desconocimiento profundo de cómo opera la industria cultural de Corea del Sur.

Como alguien que creció con referentes occidentales como Michael Jackson o Shakira, la primera vez que vi a BTS en su era The Most Beautiful Moment in Life comprendí que estaba ante un nivel de producción artística completamente distinto.

No hablamos de productos de laboratorio, sino de artistas que abordan temas como la salud mental, la alienación social y la búsqueda de identidad, como lo hace RM (líder del grupo) en su álbum solista Right Place, Wrong Person.

Según Rolling Stone y Billboard, el éxito global de estas bandas no se sostiene solo en el talento innato, sino en una disciplina y un nivel de entrenamiento vocal, coreográfico y actoral que supera con creces los estándares de la industria occidental.

Resulta paradójico, por decir lo menos, que el público limeño califique de «débiles» a artistas que, además de años de formación artística intensiva, cumplen el servicio militar obligatorio en Corea del Sur. 

El pensamiento machista de siempre que esas estéticas «no son propias de un hombre» funciona como coartada para encubrir la resistencia ante un cambio de paradigma global que ya es irreversible.

La ola coreana o Hallyu ha transformado los modelos de masculinidad a través del concepto de los kkonminam o «chicos lindos»: artistas que combinan un entrenamiento físico exigente con el uso cotidiano de cosméticos y un cuidado meticuloso de la imagen pública.

Este fenómeno, documentado por la BBC en su cobertura del impacto cultural del Hallyu en Asia y Europa, ha convertido a Corea del Sur en el principal mercado mundial de cosmética masculina, sostenido por millones de hombres que consumen esos productos sin cuestionar su masculinidad ni su identidad. El maquillaje deja de ser un símbolo de debilidad para convertirse en una herramienta de empoderamiento personal.

El rechazo que se vive en Perú, por tanto, no es una crítica estilística válida ni una defensa de valores culturales, sino el malestar visible de una sociedad conservadora ante modelos de hombre más libres, más diversos y, definitivamente, más coherentes consigo mismos. 

Por tanto, mi identidad no se tambalea por cargar un llavero de mi integrante favorito de BTS ni por tener su fondo de pantalla. Al contrario, expresar los propios gustos con autenticidad, en lugar de seguir una tendencia impuesta por el entorno, es un acto de coherencia personal que debería celebrarse, no castigarse.

Aprendamos, de una vez, a aceptar la diversidad estética y cultural sin necesidad de levantar muros de desprecio.

La próxima vez que sientas el impulso de lanzar un comentario burlón a un hombre porque le gusta el K-pop, detente un segundo y pregúntate qué te molesta realmente.

El problema no es su playlist.

El problema eres tú. 

Tags:
Autores
Sobre Adriano Camacho

Estudiante de Comunicación y Publicidad. Aspirante a ser un gran fotógrafo profesional y creador de contenido. Me gusta el arte cinematográfico, la música y la literatura contemporánea.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*