Por Zaleth Vilca febrero 20, 2026

No era un perro de raza, o al menos nunca lo supimos. Peluchín era un perro pequeño, marrón con manchas blancas y negras, ojos de inocencia, a pesar de que una vez lo encontramos en la cocina comiendo directamente el pollo de la olla.

Él apareció una semana antes de que yo llegara a mi casa. Lo estaban regalando: una pareja de esposos que esperaba un bebé pensaba que un perro podría ser peligroso o incluso sentir celos de la nueva integrante. Su edad era un misterio. Demasiado pequeño para parecer adulto, pero sin certeza de si era un cachorro o un adolescente.

Tampoco conocíamos su nombre. La familia que lo dejó no se tomó la molestia de decírnoslo. Solo lo dejaron con desprecio y se marcharon. Historias como esta no son raras, pues son miles los perros que son abandonados cada año, víctimas de decisiones apresuradas o cambios en las circunstancias familiares.

Desde ese día, contamos su edad desde el momento en que cruzó nuestra puerta. Irónico, en retrospectiva: una familia abandonaba a su perro en una casa que, apenas una semana después, me recibiría a mí.

Ese perro vivía las historias de nuestra familia como si fueran suyas. Fue testigo de llegadas, despedidas, incluso del primer robo a nuestra casa.

La última vez que vi a Peluchín fue una tarde tranquila. Ya era muy viejo, caminaba con dificultad, estaba ciego y sordo, y llevábamos dos años sin escucharlo ladrar.

Sin embargo, ese día estaba sorprendentemente activo. Corría, jugaba, comía. Pero mi atención estaba en otro lugar: tenía un examen al día siguiente.

“Igual lo veré mañana”, pensé.

Pero no fue así.

Setiembre, a las 6:50 a.m. mientras estaba en la universidad, recibí un mensaje: “Terminas tu primera clase y ven a casa pronto”. Falleció esa noche. Al salir tan apresurada a clases, pensé que simplemente estaba durmiendo, pues se veía tan acurrucado.

La noticia fue tan rápida que no tuve tiempo de procesarla. Mi duelo fue interrumpido por la rutina, por el tiempo que no perdona ni concede pausas.

Peluchín por fin descansa, enterrado en el patio junto a otras mascotas que también cruzaron la misma puerta. Los animales de casa lo extrañan y a pesar de que mi familia se niegue, es curioso que algunas veces sirvan un plato de más de comida.

Lo extraño y sé que más personas no lograron pasar ese tiempo de luto porque, lamentablemente, “Peluchín no fue un humano”.

Los primeros días tras su partida fueron particularmente duros. No toda mi familia comprendió lo que significaba. Escuché frases como “solo era un perro” o “puedes tener otro”.

Sin embargo, el duelo por una mascota va mucho más allá de lo que otros ven. No se trata de reemplazar a un ser que compartió nuestras vidas por décadas.

Su partida dejó un vacío profundo, uno que aprendí a sobrellevar con el tiempo. No siempre es fácil dejar ir aquello que alguna vez fue parte de nosotros.

Soltar puede sentirse como una pérdida, como una despedida. La mala noticia es que nunca superarás la pérdida de ese ser amado, pero la buena es que siempre vivirá en nuestro corazón.

Es como tener una pierna rota que no sanó del todo y todavía duele cuando hace frío: aprendes a vivir con ella.

El duelo por una mascota no tiene un tiempo límite ni estándar. Cada quien lo vive a su ritmo y con sus propias emociones. En ese contexto, cobra relevancia el proyecto de ley N°9606/2024-CR, que propone un día de licencia por el fallecimiento de un animal de compañía en el Registro Nacional de Mascotas.

Este proyecto reconoce, por primera vez en nuestro país, la necesidad de un espacio para procesar estas pérdidas.

Este reconocimiento no sólo valida el impacto emocional de perder a una mascota, sino que también abre la puerta a reflexionar sobre el valor que les damos en nuestras vidas. Alrededor del 80% de los hogares en Perú tienen al menos una mascota, un reflejo claro de su importancia en nuestra sociedad.

No importa cuán pequeño sea el ser que nos acompaña, el vacío que deja puede ser inmenso. Por eso, el duelo por una mascota merece respeto, tiempo y espacio.

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Sobre Zaleth Vilca

Estudiante de Comunicación y Publicidad. Ilustrador digital y fanático de los musicales (especialmente Hamilton).

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