Era 11 de junio cuando Sabrina Carpenter sacudió las redes con el anuncio de Man’s Best Friend. En la portada se le veía en cuatro, con un vestido negro y una figura masculina, aparentemente, sujetándola de un mechón de cabello.
Para los fans, nada fuera de lo común ni de las expectativas; tras el éxito de Short n’ Sweet (un guiño irónico para quienes se burlan de su 1,52 de estatura), ese álbum ya marcaba un cambio definitivo en su música. Después de todo, tiene 26 años y la etiqueta de “chica Disney” terminó.
Sin embargo, no tardaron en llegar los comentarios y publicaciones tildando la portada de «denigrante», «sumisa», «perturbadora» y «antifeminista».
Y, claro, para quienes nunca la han escuchado, es fácil pensar eso, pues tiene ciertas connotaciones sobre dominio masculino si vinculas el título a la imagen. Pero si fueras fan, sabrías que en sus videoclips ella no es la víctima, es la protagonista que suele “matar” a los hombres, aunque metafóricamente no siempre.
Lo más sorprendente no es la crítica estética, sino atacar a una mujer adulta por cantar sobre temas adultos y expresarse como tal. Basta con buscar un poco y encontrar el patrón: Madonna fue cancelada muchas veces, especialmente en 1992 tras el lanzamiento de su libro Sex y álbum Erotica, donde fue tratada como una paria por su descaro para mostrar la sexualidad femenina.
En los 2000, Britney Spears fue juzgada por cada centímetro de piel que mostraba, ignorando su talento. Hoy, figuras como Dua Lipa enfrentan una crítica constante sobre cómo visten, su peso, si son muy sensuales y si no lo son lo suficiente, son aburridas.
Décadas después seguimos cayendo en lo mismo, juzgar a una mujer por decir abiertamente que le gustan los hombres y ser dueña de su deseo. Parece haber una regla no escrita que dicta a las mujeres no poder expresar sus gustos o jugar al coqueteo sin ser tildadas de antifeministas.
Un feminismo más puritano sigue vigilando el comportamiento femenino bajo la justificación de proteger frente a la cosificación. No consideran que el verdadero feminismo está en la capacidad de decidir cómo, cuándo y para quién nos mostramos.
Porque las mujeres también quieren y pueden «jugar» como lo hacen los hombres en sus canciones, si ellos pueden hablar de conquista, ¿por qué cuando una mujer lo hace es un escándalo?
Nadie armó un escándalo cuando la banda punk NOFX lanzó una portada mucho más concreta en el álbum Heavy Petting Zoo o Eating Lamb en su versión vinilo, que muestra a un hombre con una oveja. Al buscar críticas en internet, me sorprendió ver que todas se enfocaban en el contenido musical o en compararlo con sus álbumes anteriores, nada respecto a la portada.
A ellos se les juzgó por su música, a Sabrina se le juzga por su moral. El doble estándar es evidente.
Pero al escuchar el álbum, descubres que no es sumisión femenina, sino una sátira sobre la masculinidad y los roles de género. Critica el machismo pero no desde el odio, sino desde la experiencia real de alguien a quien le gustan los hombres, con lo bonito y complicado del asunto.
Sabrina no está abriendo un nuevo sendero, predecesoras como Liz Phair, quien en F*ck and Run ya cantaba con cinismo sobre despertar en camas ajenas, o la provocación de PJ Harvey en Man-Size («me estoy volviendo más grande que un hombre»), invitando a las mujeres a apropiarse de las libertades masculinas frente a las limitaciones sociales.
No necesitas hacerte hombre para ejercer poder, solo apropiarte de la libertad que se les reserva a ellos.
En When Did You Get Hot?, el título lo dice todo: invierte los papeles y objetiva al hombre justo como ellos lo hacen. Pero el deseo no olvida la responsabilidad masculina, en canciones como Tears: «Un poco de respeto hacia las mujeres te puede llevar muy, muy lejos…», donde ironiza sobre el machismo y las expectativas mínimas de un «buen chico”.
Tampoco teme mostrar lo tonto que se llega a ser por amor, en Go Go Juice, admite esa vulnerabilidad: «Te extraño y pienso en ti cada minuto… solo estoy bebiendo para llamar a alguien».
Y la sátira vuelve en Sugar Talking: Ahorra tu dinero y deja de hacerme llorar, o en Never Getting Laid: «Dices que me necesitas, ¿qué pasa?… las chicas somos divertidas pero estresantes, ¿verdad?»
Ella no pide atención, se burla de lo complicado que son los hombres y que no los necesita, no oyes a una chica sumisa creyendo mentiras, sino a una mujer exigiendo respeto.
Respondiendo a la pregunta inicial: el hombre invisible no tiene la correa, la tiene Sabrina. Como en esa icónica fotografía de 1882 donde la intelectual Lou Andreas-Salomé empuña un látigo sobre Nietzsche y Rée, invirtiendo los roles de poder históricos, Carpenter toma el mando de la polémica.
Ella vende la fantasía que todos quieren comprar y es consciente de la burla sobre su moralidad. Juega con los dobles sentidos y la aparente imagen de “rubia tonta”; aunque tiene temas profundos, sabe lo que la gente hace popular. Al final, tener el control significa dejar que los demás crean que eres la mascota, mientras te llevas millones a los bolsillos.
Sobre Annel Tello
Estudiante de Comunicación y Publicidad.






