
En junio del año pasado, Peluchín murió en mis brazos. Era un perro de raza única que parecía vivir para siempre. Quise darle un entierro formal por lo que significó para mí y mi familia, pero descubrí que no podía hacerlo. No existía un cementerio actualmente en Lima que pueda recibirlo. Me sentí más sola de lo que me sentía al saber que no había nada que pudiera hacer para cambiar esa situación. Saber que no había una tierra reconocida formalmente para llevarlo fue un golpe de realidad, frío y desolador.
Una amiga de mi madre nos habló de un lugar: un cementerio para mascotas hecho por la propia gente. No había seguridad ni garantías. Se encontraba pasando el túnel de La Herradura, un lugar complicado al que debes ir a pie porque las motos se acobardan. Ahí tenías que cavar la tumba de tu mascota con la tristeza y la presión de un posible asalto. Sí, ahí enterré a mi amigo, aquel que dedicó una década de su vida a acompañarme, en un lugar que solo puedo visitar sin celular ni joyas de valor, con miedo.
Investigué otras opciones, claro. Por ejemplo, El Parque del Recuerdo solo acepta restos humanos. Aunque había otros lugares que ofrecían servicios similares, lo hacían a precios elevados y solo para personas. El Bosque del Amigo Fiel, creado específicamente para mascotas (con lápida, sepultura y cuidado), dejó de recibir familias después de la pandemia. Costaba entre S/300 y S/400, más del 30% del sueldo mínimo, pero estaba dispuesta a pagarlo. Se trataba de Peluchín.
Lo cierto es que cada vez que buscaba las palabras “cementerio” y “mascotas” juntas, me dirigía a páginas de cremación. Cremación con recojo a domicilio. Cremación por llamada por Zoom. Cremación en menos de 24 horas. Cremación, cremación, cremación. Leí cremación hasta que me ardieron los ojos. No me pareció correcto que me entregaran las cenizas en collares o pulseras. Sentí que tener sus restos en una alhaja, así sea de oro o plata, le estaría faltando el respeto a su recuerdo.
Existen personas que prefieren la cremación, no me resulta un final adecuado. ¿Acaso su existencia no merece una despedida a la altura? Una mascota es parte de la familia.
Hay personas que ofrecen alternativas al entierro. Una que me sorprendió fue la posibilidad de que se conviertan en abono para plantas ornamentales, a fin de que “sigan con nosotros, aunque sea en otra forma”. Propuesta eco-amigable, pero seguía sin ser suficiente o correcta para mí.
Hay familias que optan por enterrar a su mascota en su propio jardín o tierras vecinas, pero no todos pueden permitírselo. En Lima, el 30% de hogares alquila una vivienda y, de ese porcentaje, el 70% apuesta por departamentos.
¿Es justo que el dinero no me permita dar sepultura a quien fue mi familia? ¿Es justo que el Estado no designe un lugar con seguridad y respeto para nuestros pequeños fallecidos?
Al final, las opciones en este país se reducen a gastar mucho dinero o desechar a tu mascota como si fuera cualquier cosa.

Sobre Ximena Arévalo
Estudiante de Comunicación y Publicidad. Apasionada por la escritura, la redacción y la investigación creativa. Me interesa el anime y la creación de arte a través de medios escritos y visuales.