En 2021, la influencer Natalia de la Flor contó en una entrevista para Concept House que pasaba por ansiedad y depresión. Por ello, viajó a Miami y confesó haber vuelto “curada”.
Hace unos meses, la también influencer Usma Syed publicó videos llorando y contando la depresión que tenía; poco después se mostró en Estados Unidos con un video titulado: “no soporté y hui de la depresión a Miami”. El patrón de personas mal emocionalmente que convierten su proceso de sanación en consumo masivo es constante en redes sociales.
Viajar, salir, hacer ejercicio, desconectar, sí ayuda. No estoy negándolo. El problema empieza cuando reemplazamos un tratamiento real y estos recursos se vuelven la solución. Hoy “sanar” es la excusa para evitar un problema de raíz. ¿Acaso basta con comprarse algo lindo, cambiar de ciudad o hacer rutina de skincare para curar la depresión?
Hablar de salud mental ha avanzado en los últimos años, y es positivo. Años atrás, hablar de ansiedad o depresión era tabú. Sin embargo, las redes sociales transformaron esa apertura en contenido consumible.
La tristeza vende.
Mostrarte colapsando emocionalmente genera vistas y engagement.
Y en medio de ese proceso, términos clínicos como “depresión, ansiedad o trauma” se usan con una ligereza que me parece hasta peligrosa.
La OMS advierte que la depresión y la ansiedad son las causas principales de discapacidad entre adolescentes y jóvenes, y que los trastornos mentales no tratados afectan su calidad de vida. Además, afirman que existen tratamientos, como terapias psicológicas y especializadas para abordar el problema de raíz.
Pero olvidamos algo importante: la depresión no siempre es “estar triste”. Según el National Institute of Mental Health de Estados Unidos, los trastornos depresivos pueden involucrar factores biológicos, genéticos, psicológicos y ambientales. Incluso existen alteraciones neuroquímicas relacionadas con neurotransmisores y circuitos cerebrales que regulan el estado de ánimo, sueño, energía y motivación.
Por eso, distraerse genera un alivio momentáneo, pero hay personas que necesitan tratamiento prolongado e inclusive, medicación psiquiátrica. No porque “estén locas”, como muchas veces se les tilda, sino porque existen condiciones que no se resuelven escapando de la rutina.
Hoy las redes sociales han hecho de eso una narrativa más rápida. Una narrativa de “self-care” como cura. Donde sanar es una experiencia aesthetic: velitas aromáticas, matcha en cafetería barranquina, pilates en Siclo, viajes espontáneos y compras compulsivas.
Ir a terapia no es solo “hablar con alguien”. La psicoterapia trabaja patrones de pensamiento, heridas emocionales, traumas y conductas que muchas veces la persona no identifica sola. Existen tratamientos, como terapia cognitivo-conductual, que es considerada eficaz para la depresión. Y en casos moderados o severos, especialistas recomiendan combinar terapia con medicación psiquiátrica.
Lo que más me preocupa es la influencia que tiene este contenido en redes. Si un influencer llora frente a cámara, se va de viaje y regresa “renovado”, ¿qué mensaje está dando? Basta con que te distraigas para sanar. Mercantilismo del dolor en todo su esplendor. Y en medio de esa lógica, sanar deja de ser un proceso íntimo para convertirse en espectáculo.
La idea de que lo material trae estabilidad emocional es falsa. Robin Williams es el actor y comediante más recordado. Tenía dinero, fama, una carrera con millones de seguidores y aún así habló públicamente sobre sus luchas emocionales y problemas de salud mental. Su testimonio evidenció que tener la “vida soñada” no te hace inmune. Porque el dolor mental no desaparece cuando la vida se ve “bien” desde pantallas.
Claro está que existe otro lado. Hay usuarios que argumentan que los “influencers” visibilizan problemas que antes se ocultaban. Hasta cierto punto tienen razón, porque muchas personas entendieron que lo que sentían tiene nombre. De hecho, un taller a 140 jóvenes del programa Stay Healthy asegura que reconocer emociones difíciles y pedir ayuda es fundamental para prevenir problemas mayores.
Sin embargo, buscar ayuda profesional no garantiza una recuperación rápida o perfecta. Hay personas que pasan años en terapia y su lucha continúa. No existe una fórmula para entender cómo funciona la salud mental.
Cuando los diagnósticos se convierten en parte de una “marca personal”, quienes padecen esto terminan siendo incomprendidos. Porque la ansiedad no desaparece en un haul de Sephora, y la depresión no se cura tomándose fotos lindas en la playa.
Y quizás ese sea el problema de la generación que documenta todo, confundir bienestar con aparentar. Sanar no está en escapar, sino en quedarse. En sentarse frente a uno mismo. En ir a terapia, aunque incomode. Porque algunas heridas necesitan algo más difícil: admitir que hay batallas que no se curan con likes, ni vuelos a Miami.
Sobre Stephany Saca
Estudiante de Comunicación y Publicidad. Publicista de carrera, periodista de corazón. Adicta a contar historias y cuestionar todo. Alzo la voz (y escribo) por aquellos que no pueden. Expectante por el futuro y creyendo que lo mejor está por venir. Pet lover queriendo ser millonaria para salvar a todos.







