En 2008, Hans Samalvides sufrió un accidente practicando motocross. Una mala caída durante un salto le provocó una lesión medular que lo dejó sin sensibilidad en las piernas. Dos años después conoció a Miriam, quien se convertiría en su esposa y madre de sus hijos Esteban, de 2 años, y Amanda, su segunda bebé.
Con 45 años, le encanta ver el mundo desde otra perspectiva, literalmente, ya que es piloto de drones FPV (First Person View), una disciplina que le permite volar y ver gafas especiales. Lo que empezó como hobby terminó por llamar la atención de DJI, la marca más importante en el mundo de los drones, que decidió auspiciarlo en 2019.
Estudió ingeniería agroindustrial en la Universidad San Ignacio de Loyola (USIL) e hizo una maestría en finanzas en la Universidad de Chile. Actualmente es director general de Camposur, negocio familiar dedicado a la producción y comercialización de arroz. Además, es buzo certificado.
Eras fanático del motocross. ¿Esa pasión por la adrenalina siempre estuvo presente en tu vida?
Sí, desde que era pequeño. Soy de Camaná, una provincia de Arequipa, y durante muchos años hubo competencias de motocross, donde venía gente de otros lados a correr. Cuando era chiquito, creo que a los 6 o 7 años, fuimos a una competencia con mi papá, y quedé babeando por las motos. Tuve mi primera moto a los 12 años, una DAX 70 [modelo de Honda]. A los 13 años comencé con el kartismo y a los 17 empecé con el motocross, mientras estudiaba en Lima. De ahí seguí con eso durante 14 años, hasta que tuve el accidente.
Y con tantas pasiones, ¿por qué elegiste ingeniería agroindustrial?
Desde pequeños mi hermano y yo estuvimos muy metidos en el negocio familiar. Mi papá nos enseñaba a manejar todo tipo de maquinaria en la chacra: camionetas, tractores, cargadores frontales y cosechadoras. En vacaciones nos íbamos a trabajar a la chacra, especialmente en época de cosecha, y cuando llegaba el fin de semana, como era costumbre, se les pagaba a los trabajadores… ¡y nosotros también estábamos en la lista! Por eso decidí estudiar ingeniería agroindustrial, para aportar profesionalmente a lo que ya vivía de forma empírica.
¿A qué te dedicas actualmente?
Soy director general de Camposur. Me encargo de supervisar nuevos proyectos relacionados con campos agrícolas y molinería, que es nuestro fuerte. También soy gerente del Hotel de Turistas de Camaná y trabajo con drones para producciones audiovisuales.
Tras tu accidente, ¿hubo algún desafío al dirigir Camposur?
Sí, de todas maneras, por el mismo rubro del negocio: el agro. Mi papá siempre tenía un refrán: «El mejor abono para las plantas es el roce del pantalón». O sea, tienes que caminar por el campo para chequear que todo esté bien, y desde una oficina no puedes asegurarte de que la chacra funcione correctamente. Eso se convirtió en una limitante para mí porque ya no podía hacerlo. Ahí es donde los drones se han vuelto una gran ventaja, porque ahora puedo «caminar» el campo de otra manera. El tema logístico es complicado —moverse entre los campos, estar presente—, y la infraestructura tampoco lo facilita.
¿Cómo aplicas los drones en tus negocios?
Por ejemplo, cuando visito las chacras, voy con los ingenieros de campo de cada zona y usamos el dron para obtener una vista aérea completa de los cultivos. Esto nos da una mejor perspectiva para evaluar la densidad del cultivo, las zonas con crecimiento desigual o las variaciones en la coloración que podrían indicar enfermedades y plagas. Lo increíble es que podemos cubrir 200 hectáreas en un solo día. Algo imposible de hacer caminando.
¿Y qué tipo de drones utilizas en esos casos?
Todos son drones DJI. Para fumigación utilizamos los modelos Agras T40 [dron agrícola], que son realmente eficientes para cubrir grandes extensiones con precisión. Para el monitoreo de cultivos, el Mavic 3 Pro Cine [dron de triple cámara] ha sido una gran herramienta. Sus cámaras con zoom óptico nos permiten examinar los cultivos en detalle sin necesidad de estar físicamente en cada sitio.
Hablando de drones, ¿cómo empezó tu pasión por volarlos?
Mi pasión por volar comenzó con el aeromodelismo [deporte de vuelo no tripulado de aeronaves] desde muy pequeño. Cuando mis papás compraron un avión aeromodelismo que, aunque nunca llegué a verlo volar —porque el piloto lo estrelló al aterrizar—, ese avión marcó mi infancia. El fuselaje dañado terminó colgado en mi cuarto como un tesoro. Sin embargo, aunque siempre quise practicar aeromodelismo, ya estaba metido en otros deportes. Cuando ya estaba con la lesión, fui a una tienda de hobbies en el centro comercial Chacarilla, emocionado por comprar mi primer helicóptero a radiocontrol. El vendedor me dijo: «¿Alguna vez has volado un helicóptero?». «No», le contesté. «No te lo compres, lo vas a estrellar». Como no me lo quiso vender, me fui, busqué en internet y encontré un instructor que luego se convirtió en mi amigo. Él volaba aviones a radiocontrol con FPV. Me enseñó, y desde la primera vez que me puse los lentes del FPV supe que era lo mío.
¿Dirías que el FPV te devolvió esa sensación que antes te daba la moto?
Sí. Creo que el vuelo FPV me dio alas y créeme, eso vale más que tener piernas. Ahora llego a lugares que ni caminando llegaría. Así, puedo ver el mundo de otra manera.
Si pudieras volar un dron en cualquier lugar del mundo, ¿dónde sería?
Machu Picchu. Definitivamente. Poder hacer un videazo ahí, también dentro de la Casa Blanca o el Palacio Gobierno. Cualquier sitio que sea estrecho y requiera de precisión.
¿Cuánto tiempo llevas trabajando con drones?
La primera productora que me contactó profesionalmente fue en 2019, para un comercial de Hyundai. Era para promocionar un carro nuevo, con retribución económica. Porque antes de eso, ya venía haciendo videos para ProDrift, el grupo de drifting de La Chutana. Pero eso era puro hobby entre amigos, sin fines comerciales. Así que desde 2019 manejo dos cosas: por un lado, el negocio familiar, y por otro esta faceta audiovisual. Y la verdad, es como tener un hobby que además me genera ingresos.
Ahora que mencionas lo audiovisual, ¿cuál ha sido la experiencia más desafiante volando?
Los retos más locos me han llegado en comerciales. Recuerdo especialmente uno para Zegel, el instituto universitario, donde el director quería que todas las tomas fueran en reversa. Con FPV eso es una locura porque no tienes visión trasera. Pasé semanas entrenando, calculando distancias al revés y creando referencias visuales para no estrellarme. La toma más compleja fue en un bus en movimiento, debía enfocar a un actor viendo clases en su celular y luego salir volando hacia atrás por la ventana. Otro reto similar fue en Gamarra, saliendo de reversa desde un cuarto piso de un taller de confecciones.
¿Recuerdas otro igual de desafiante?
Para el lanzamiento de la camiseta de Cristal, el concepto era todavía más creativo. El dron debía imitar una pelota: acercarse a un jugador, esquivar una «patada» ficticia y entrar al arco como gol. Para ese comercial estuve 12 horas esperando, desde las 8 PM hasta las 4 AM, solo para volar 8 minutos. Otro reto fue en un avión de LATAM, el director quería una toma continua entrando por la cabina del piloto y recorriendo el interior en vuelo. Esa secuencia de adrenalina pura requirió meses de preparación. Pero el que más me gustó fue para el BCP, filmado 100% con dron. Pasé horas volando sin parar. Eso me encanta. Lo mejor es que me llevan a lugares únicos a volar, como dentro de la Catedral de Lima.
¿Te han subestimado por estar en silla de ruedas?
Es algo curioso. Más que subestimado, creo que a veces la gente me sobrestima de una manera particular. Existe esa concepción de que cuando alguien tiene una discapacidad, otros sentidos o habilidades se desarrollan más. Por ejemplo, piensan que si alguien no puede ver, el sentido auditivo se le ha mejorado. Si alguien no puede caminar, algo más se le ha mejorado. Entonces, porque no camino, creen que vuelo mejor.
Entonces, no han dudado de tu trabajo.
Bueno, para una grabación publicitaria en el Estadio Nacional sí fue diferente. Un pata me contactó y cuando ya estábamos quedando, le mencioné: «Oye, por si acaso, estoy en silla de ruedas, ¿eso será problema para volar?». Su respuesta fue inmediata: «Ah, si estás en silla, entonces no podemos». Le expliqué que las tomas que quería las podía hacer perfectamente desde nivel de cancha, pero ya se había cerrado. Al final, cuando vio el resultado con esas tomazas que logré, se dio cuenta de su error. Afortunadamente, ese ha sido el único caso así. Las productoras con las que trabajo regularmente saben que uso silla de ruedas y siempre buscan las adaptaciones necesarias sin prejuicios. Porque, lo que importa son los resultados y la calidad del trabajo, no si estoy parado o sentado al controlar el dron.
En otra entrevista contaste que conociste a Miriam porque era hermana de un amigo. ¿Hay algo que te enseñó sobre ti mismo que no sabías?
Sí, que no hay tantos límites. Hemos hecho un montón de cosas que creía que no podría hacer o que me parecían más difíciles de lo que son. En nuestra luna de miel buceamos por primera vez. Nos gustó tanto que después hicimos el curso de certificación de buceo en Estados Unidos. Ahora soy buzo certificado. Eso me hace pensar que, desde mi accidente, he hecho muchas cosas que superan lo que cualquiera imaginaría de alguien con una discapacidad.
Si tuvieras frente a ti a alguien que está atravesando un momento difícil como el que tú viviste, ¿qué le darías desde tu experiencia?
Primero, que todo va a salir bien. Sé que en este momento puede parecer difícil y que no ven la salida, pero no es el fin del mundo. Está bien que se tomen su tiempo para procesarlo, que vivan ese duelo, pero no dejen que los atrape demasiado. Sáquense la mugre para seguir adelante, porque muchas personas han pasado por esto y han salido adelante. Sigan las indicaciones médicas, y si pueden chambear, háganlo con todo. No será fácil, pero es solo un esfuerzo más. Y cuando ya hayan superado lo peor acuérdense que nada de lo que se puedan reír les hará daño.
Sobre Alessandra Quiñones
Estudiante de Comunicación y Publicidad. Amante del cine, el R&B y los makis. Ser curiosa me impulsa a aprender cosas nuevas y salir de mi zona de confort. De niña quería ser como Hannah Montana; de grande, quiero ser como David Fincher.






