Por Fabiana Arbaiza febrero 14, 2026

El cine siempre ha sido mi refugio. A mis siete años no tenía palabras suficientes para explicarlo, pero sí tenía una certeza. En una pantalla todo lo que imaginaba podía cobrar vida.

Era una niña obsesionada con los libros de mundos mágicos, pero cuando descubrí que había universos que podían moverse y respirar frente a mis ojos me pareció una travesura del destino que me condenaría para siempre.

Entre todas las películas que marcaron mi niñez, hubo una que me dejó una marca difícil de borrar: El laberinto del fauno (2006)

Con el tiempo fui sumando más películas a esa lista de obsesiones. Un día descubrí que todas compartían una misma alma visual. No era solo estética, sino un tipo de sensibilidad que no se parece a nada más, una forma de ver el mundo donde la fantasía nunca es excusa para abandonar la humanidad.

Fue entonces cuando entendí que mi colección tenía un creador en común y que él era tan obsesivo con los detalles como yo con mis mundos imaginados.

Ese día descubrí que el cine también podía ser arte, y no cualquier arte, sino uno que se construye con paciencia, manos y mucha terquedad.

Lo confieso abiertamente: me enamoré del trabajo de Guillermo del Toro. 

No quiero reducir su cine a lo visual, aunque podría escribir fácilmente una tesis solo sobre eso. Me conmueve la sutileza con la que toca temas dolorosos sin perder la ternura, como pasó con La forma del agua (2017), ganadora de un Oscar, o La cumbre escarlata (2015), fuertemente criticada, pero con un diseño artístico ejemplar y digno de aplaudir. 

Sin embargo, hay algo que me parece todavía más valioso: Del Toro es uno de los pocos directores, además de Christopher Nolan o Emma Thompson por mencionar un par, que creen en el trabajo artesanal en una industria que, por comodidad o miedo, prefiere cubrirlo todo con efectos digitales.

Del Toro explica que, si una criatura puede construirse a mano, él lo hará con manos. Si un set puede existir en físico, será físico.

En una entrevista con The Hollywood Reporter expresó abiertamente que espera seguir igual de desinteresado en el uso de Inteligencia Artificial hasta el día en que se muera

Y claro, esa filosofía le ha costado proyectos que otras productoras habrían aceptado de inmediato. 

Pinocchio (2022) casi queda solo en una idea por eso. Varias casas productoras rechazaron financiarla, como Disney, que estimó un presupuesto de 2.6 millones de dólares para su versión. Irónicamente, la misma productora de la primera versión de esta historia no apostó por el proyecto de Guillermo porque el costo era irracional para los estándares actuales de una animación stop motion.

La película terminó en manos de Netflix, que finalmente invirtió aproximadamente 35 millones de dólares en su producción. Si, la ironía es exquisita. La falta de confianza de aquellas productoras solo reafirmó la postura del director, que en 2023 ganó el Oscar a Mejor Película de Animación 

Ese nivel de detalle no es capricho. En Pinocchio construyeron marionetas en distintas escalas para que los tamaños funcionaran en cámara. Había un Pinocho grande, uno pequeño y uno diminuto para las escenas con Pepé Grillo, porque este medía apenas unos centímetros.

Ese tipo de decisiones demuestran lo que Del Toro siempre ha repetido: si el corazón de la historia depende de lo artesanal, entonces lo artesanal manda. Y es ese espíritu el que hace que la película se sienta tan viva. No nació para ser rentable, nació para ser verdaderamente honesta. 

Pensé que nada iba a superarlo hasta que llegó Frankenstein (2025). Otra historia que marcó a Del Toro desde joven y otra oportunidad para demostrar que el cine todavía puede sentirse con el cuerpo y no solo con los ojos. El maquillaje de Jacob Elordi tomó diez horas interminables cada día de grabación

El laboratorio de Víctor Frankenstein no fue un truco digital. Su construcción estuvo a cargo de Tamara Deverell, diseñadora de producción, quien diseño en tamaño real el laboratorio para que la cámara pudiera recorrerlo como si fuera un personaje más. Todo lo que buscaba Del Toro estaba ahí: imperfección, humanidad, dolor, compasión.

Un monstruo que no necesita efectos para ser inolvidable. 

Hoy el cine parece producir con miedo. Miedo a perder, miedo a invertir, miedo a apostar por lo que no puede replicarse con CGI o IA. Guillermo del Toro hace todo lo contrario. Crea con alma, aunque duela, aunque tarde, aunque cueste. Recuerda algo que la industria intenta olvidar: el cine solo revive cuando alguien se atreve a tratarlo como arte. 

Y quizá por eso vuelvo siempre a él. Porque me recuerda a la niña que descubrió que la magia podía existir en una pantalla siempre que hubiera manos dispuestas a construirla.

Del Toro confirma que el cine todavía puede sentirse vivo. Y yo sigo creyendo en eso, incluso cuando Hollywood ya no sabe recordar cómo se hace. 

Tags:
Autores
Sobre Fabiana Arbaiza

Estudiante de Comunicación y Publicidad.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*