Por Katherine Valladares febrero 11, 2026

Al pensar en brujas nos viene a la mente una imagen universal de una mujer con ropa negra, cabellos greñudos, con un sombrero puntiagudo y sobre una escoba voladora. También, las imaginamos haciendo pociones, lanzando maleficios, y causando el “mal”.

A estas alturas sabemos que las acusadas de brujería durante la Edad Media eran, por lo general, cocineras, perfumistas, curanderas, parteras, botánicas, consejeras, nanas, como bien señala Norma Blasquez en El retorno de las Brujas.

Es decir, eran las científicas de su tiempo en un mundo signado por el patriarcado y el fundamentalismo religioso, pero lejos de ser reconocidas, fueron vistas como antinaturales, perseguidas y castigadas. Muchas terminaron ejecutadas en hogueras.

Menciono esto para explicar que la escasa presencia femenina en la historia de la ciencia no se debe a que no había mujeres dedicadas a este campo, sino a su sistemática exclusión.

Hoy ya no nos llaman “brujas”, pero seguimos viviendo la discriminación sistemática en distintos ámbitos, y uno de los más evidentes es en la ciencia. Seamos honestos: cuando pensamos en ciencia, ¿quiénes nos vienen a la mente? Probablemente Einstein, Hawking o Newton, pero ninguna mujer.  

Una razón es que las científicas de la historia, que no son pocas, han sido víctimas del llamado “efecto Matilda”, fenómeno que minimiza o atribuye incorrectamente el trabajo y los logros de las mujeres a los hombres.

Un ejemplo es el de Rosalind Franklin, cuya investigación fue clave para descubrir la estructura del ADN, pero el Nobel se entregó únicamente a los hombres que le robaron, Francis Crick y James Watson. Otro caso es el de Lise Meitner, quien elaboró la base teórica de la fisión nuclear, pero el premio lo recibió solo Otto Hahn.

Lo mismo ocurrió con Daisy Roulland Dusoix, pionera en el descubrimiento de las enzimas de restricción, quien fue ignorada y sólo sus colegas masculinos obtuvieron el Nobel de 1978.

O con Nettie Stevens, quien descubrió el sistema XY de determinación del sexo, pero su mérito se atribuyó a Thomas Hunt Morgan.

Seguiría con más ejemplos, pero no tengo más espacio.

Estos casos no son “errores” aislados sino un patrón.

El pasado de las brujas nos persigue. Se evidencia en brechas salariales, menor representación en puestos de liderazgo, dificultades para acceder a financiamiento e, incluso, en la baja citación de trabajos de investigación realizados por mujeres.

Según datos de la UNESCO, menos del 30 % de las personas dedicadas a investigación científica en el mundo son mujeres y no se debe a la falta de talento o interés, sino, a obstáculos estructurales que aún dificultan nuestro acceso.

En ese sentido, el congresista peruano Ernesto Bustamante dijo que esto se debe a que “no hay una condición biológica que aparentemente incentive a las mujeres a participar en ciertas ciencias (como las) exactas, naturales o físicas”.

Qué feo es justificar la desigualdad con argumentos pseudocientíficos en lugar de enfrentarla, peor aún si tienes un doctorado en bioquímica y biología molecular en la Universidad Johns Hopkins como Bustamante.

Es importante visibilizar la relevancia de las mujeres científicas porque desde niñas se nos enseña que la ciencia “es cosa de hombres” y que “encajamos mejor” en otros rubros menos intelectuales.

Pero si una niña aprende que las mujeres inventaron, descubrieron o contribuyeron en el desarrollo del kevlar, el Wi-Fi, la jeringa moderna, la llegada de los humanos a la Luna, elementos radiactivos, en fin, creo que tendríamos más jóvenes preparadas para cuestionar, crear y transformar esta sociedad. Y así la historia, tal vez, no nos relegue al olvido.

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Sobre Katherine Valladares

Estudiante de Comunicación y Publicidad. Ferviente admiradora de las expresiones artísticas y la cultura. Me gusta cuestionar todo. En mis ratos libres, veo películas lentas y experimento con recetas que encuentro en internet.

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