Por Fiorella Huariz febrero 25, 2026

Basta con caminar por la ciudad o abrir cualquier red social para notarlo: en época electoral, los jóvenes volvemos a estar en el centro del discurso político. Afiches recién pegados sobre paredes despintadas, videos pensados para “conectar” y promesas que suenan familiares aparecen con rapidez. La cercanía se construye en semanas, pero lo que no siempre llega es la continuidad.

Cada cinco años, el Perú entra nuevamente en campaña y los jóvenes somos presentados como “el futuro del país”. Los candidatos prometen oportunidades, empleos y cambios estructurales, pero repiten discursos que ya hemos escuchado en procesos electorales anteriores. Cuando las elecciones terminan, esa supuesta preocupación suele diluirse.

Esta repetición constante tiene consecuencias. Mientras los candidatos ofrecen becas, empleos o programas de inclusión, gran parte de los jóvenes mantiene una distancia crítica frente a la política.

Estudios recientes revelan que el desencanto juvenil no viene de la apatía, sino del cansancio acumulado frente a la corrupción, la falta de transparencia y promesas que rara vez se cumplen en su totalidad. Esta desconfianza se refleja también en cifras concretas: según un estudio del IPAE, sólo el 4,6% de jóvenes confíe en los partidos políticos. 

 A este desencanto político se suma la vida cotidiana: trabajos inestables, educación costosa, inseguridad ciudadana y un futuro ambiental incierto. Esa es la agenda diaria de muchos jóvenes peruanos, una realidad que ningún discurso motivacional logra ocultar. 

Frente a este escenario, las redes sociales se han convertido en un espacio clave de participación política. Los partidos han intentado adaptarse a estos lenguajes, pero no siempre con éxito. Según estudios del Pew Research Center, más del 70% de jóvenes latinoamericanos consumen contenido político en redes sociales y tienden a confiar más en creadores independientes que en instituciones tradicionales.

Por ello, las marchas de noviembre de 2020 no se organizaron desde partidos políticos, sino desde historias, hashtags y vídeos que circularon a una velocidad que gran parte de la clase política no supo comprender ni anticipar, cómo lo evidencian diversos estudios sobre activismo digital. 

Esta forma de participación juvenil no ocurre solo en Perú. En distintos países, la llamada Generación Z ha salido a las calles para protestar contra sistemas políticos que no sienten como propios. Marchas recientes en países como México, Francia o Chile muestran a jóvenes organizándose fuera de los partidos tradicionales, articulando demandas desde el entorno digital y trasladándolas al espacio público. Lejos de abandonar la política, la juventud está redefiniendo cómo participar. 

Sin embargo, esta influencia digital también tiene límites. Las redes empoderan a las personas, pero también exponen a los jóvenes a campañas de desinformación. El Global Digital Report 2024 advierte que este grupo etario es uno de los más vulnerables al contenido político manipulado. Los candidatos lo saben y, por ello, invierten cada vez más en influencers y estrategias diseñadas para captar atención, más que para construir representación real.

Incluso cuando algunos jóvenes se inscriben en partidos políticos, no siempre lo hacen por convicción ideológica. Una parte importante de la participación juvenil responde más a expectativas vinculadas a oportunidades de estudio, redes de contacto o beneficios laborales que a una identificación política sólida.

Esto no significa que los jóvenes no participen. El problema, entonces, no es la falta de participación juvenil. Según datos difundidos por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), los jóvenes participan activamente en procesos electorales y en movilizaciones ciudadanas. El problema es que esa participación rara vez se traduce en incidencia política real, debido a la ausencia de mecanismos que integren de manera sostenida sus demandas.

Y, aun así, ¿cómo no fijarse en los jóvenes? De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Secretaría Nacional de la Juventud (SENAJU), los jóvenes representan más del 27% del padrón electoral, es decir, aproximadamente 6,87 millones de personas entre 18 y 29 años inscritas para las elecciones del 2026. Un bloque imposible de ignorar, pero todavía poco representado en los espacios donde se toman las decisiones.

Por ello, lo que se necesita no es un “candidato joven” cada cinco años, sino una representación auténtica. Políticas públicas que respondan a problemas reales, espacios de participación efectivos y una clase política que entienda que la juventud ya no es espectadora.

Si en estas elecciones volvemos a ser tratados solo como un público objetivo, la crisis de representación continuará.

Y con ella, también las protestas, los reclamos digitales y la indignación organizada de una generación que no ha dejado de participar, pero que ya no está dispuesta a ser utilizada.

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Sobre Fiorella Huariz

Estudiante de Comunicación y Publicidad.

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