Kitty llegó a mi vida en enero de 2023. Fue rescatada de una chacra en Flores, en Mala, donde estaba atrapada y llorando entre las lianas, hasta que mi papá la salvó y la trajo a casa.
Yo no soportaba a los gatos, me incomodaban, me parecían sucios, pero verla tan pequeña, temblando, con miedo y sin nadie, me quebró de una forma que no esperaba.
Ese mismo día la puse en mis piernas, le compré comida y, sin darme cuenta, empecé a amarla como si hubiera estado esperándola desde siempre.
Ella creció conmigo justo cuando mi salud emocional estaba más frágil: mis ataques de ansiedad me dejaban sin aire, temblando, vomitando, con las manos llenas de heridas por golpear la pared, con pensamientos oscuros que nadie veía porque yo siempre fingía estar bien.
En este país casi nadie sabe cómo hablar de salud mental, aunque el Ministerio de Salud diga que el 90% de los casos de suicidio en el Perú están relacionados con depresión, ansiedad y otros trastornos. Y aunque yo nunca llegué a quitarme la vida, sí estuve atrapada en ese dolor silencioso que te hace sentir que ya no puedes más.
Pero Kitty era mi soporte. Se metía a mi cuarto cuando yo estaba al borde, se subía a mi cama, se acurrucaba en mis piernas y ronroneaba como si ese sonido pudiera mantenerme aquí. Y lo hacía. Muchas veces fue ella quien me devolvió la calma cuando mi cuerpo ya no respondía.
Por eso, su desaparición el 27 de octubre del 2024 fue un golpe del que todavía no sé si he sanado.
La busqué sin parar, caminé calles enteras, pregunté a vecinos, lloré mientras llamaba su nombre.
Y en ese camino vi a un gato agonizando por envenenamiento justo frente a la casa del vecino que siempre amenazó con matar a mi gatita solo porque pasaba por su techo.
Lo vi morir con el cuerpo rígido, la boca abierta, la lengua afuera.
Al día siguiente lo tiraron junto a la basura como si no hubiera sido una vida, como si no hubiera sentido.
Días después supe que la mamá de Silvestre, el otro gatito que yo había salvado después que Kitty, también había sido envenenada, y que muchas más mascotas habían muerto de la misma forma ese mes. Lima no es ajena a esa violencia: entre 2024 y 2025 se registraron más de 115 animales envenenados solo en ocho distritos, aunque todos sabemos que son muchos más, porque la mayoría ni siquiera se denuncian.
Aquí matar animales sigue siendo visto como algo sin importancia.
En el Perú, la ley parece firme sobre el papel: el artículo 206-A del Código Penal, establece que quien asesine a un animal doméstico puede recibir hasta cinco años de prisión efectiva, reconociendo que no son objetos, sino vidas que sienten, acompañan y aman.
Pero en la práctica esta protección se vuelve frágil, casi decorativa. Mientras la norma promete justicia, en las calles siguen muriendo perros y gatos en silencio: muchos envenenados, muchos abandonados, muchos exterminados como si estorbaran.
Ahí están casos recientes que estremecieron barrios enteros, como el del expolicía acusado de envenenar a diez mascotas en una sola zona: un horror repetido que ni siquiera garantiza una condena ejemplar. La denuncia avanza, sí, pero la pregunta inevitable sigue ardiendo: ¿de qué sirve una ley que casi nunca protege a quienes más dependen de ella?
Y mientras todo eso pasaba afuera, por dentro mi mundo se caía. Pero una madrugada, cuando ya había llorado tanto que no tenía lágrimas, Kitty volvió: arañó la ventana como siempre, saltó a mi cama, se acomodó cerca de mis piernas y ronroneó suavecito. Lo sentí con claridad, como se sienten las cosas que no se pueden explicar.
En mi familia siempre hemos tenido el don de percibir almas, y esa noche ella vino a despedirse, vino a decirme que estaba bien.
Y aunque su presencia me rompió y me sanó al mismo tiempo, también me dejó una verdad que no quiero olvidar: que su vida valió, que su amor me salvó muchas veces, que un animal no es algo inferior, y que cada muerte envenenada, cada cuerpo tirado a la basura, cada silencio cómplice nos hace un poco menos humanos.
¿Qué quedaría de nuestra humanidad si ni siquiera recordáramos las vidas inocentes que se pierden en silencio?
Sobre Anjaly Andrea Murga
Estudiante de Comunicación y Publicidad.





