Por Kelly Chaico febrero 20, 2026

Nunca pensé que un gato podía convertirse en mi refugio emocional. Durante mucho tiempo, creí que la única forma de manejar el estrés era reorganizar la vida: cambiar rutinas, tomar vacaciones, desconectarme del mundo. Pero la respuesta llegó en febrero del año pasado, una tarde cualquiera, cuando encontré a un pequeño gato negro escondido bajo un auto, asustado, con los ojos tan abiertos que parecían pedir ayuda. Lo llevé a casa sin pensarlo demasiado y lo llamé Cosmo. No imaginé que, con ese gesto simple, estaba dejando entrar a quien se convertiría en mi terapia diaria. 

Al principio, se mantenía a distancia. Caminaba con pasos suaves, casi silenciosos, observando todo con esa mezcla de misterio y elegancia que solo los gatos negros parecen tener. Pero un día, después de una rutina emocionalmente agotadora, él se acercó por primera vez. Se subió encima de mí, se acomodó con total confianza y empezó a ronronear. Esa vibración cálida, constante, hizo que el ruido que llevaba por dentro se silenciara.  

No sé si fue el sonido, el peso ligero sobre mis piernas o el simple hecho de sentirme acompañada, pero en ese momento sentí un alivio. 

Después entendí que esto no era casual. Un estudio realizado por las investigadoras Alarcón Urrea, Gómez Jiménez y Suescun Niño, quienes analizan el impacto emocional de la adopción de gatos, explica que la interacción afectiva y constante con estos animales puede favorecer la liberación de dopamina y serotonina, neurotransmisores clave para la estabilidad emocional. Ellas señalan que este vínculo genera “procesos de transformación emocional” que contribuyen al manejo del estrés y al fortalecimiento del estado de ánimo. Entonces descubrí que mi gato no estaba “curándome”, pero sí estaba ayudando a que mi cuerpo encontrara un refugio químico contra el estrés. 

No soy la única persona que lo vive así. En los artículos que leí, como el reportaje de The New York Times sobre terapia asistida por animales, una mujer que enfrentaba un tratamiento contra el cáncer decía que sus gatos eran un recordatorio constante de “vivir el momento”, porque ellos no se preocupan por el pasado ni el futuro. Entendí esa frase una mañana en que Cosmo, sin ninguna prisa, se acomodó sobre mi cuaderno mientras intentaba avanzar en un trabajo. No buscaba atención, solo quería estar. Y esa presencia fue suficiente para detenerme, estar con él me obligó a pausar, a mirar el momento y a respirar un poco mejor. 

También he escuchado historias parecidas de amigos que, como yo, encontraron en un gato un apoyo silencioso. Algunos aseguran que el simple acto de acariciar a su mascota antes de dormir les baja la ansiedad y les permite descansar mejor. Y aunque cada experiencia es distinta, todas coinciden en algo: la compañía felina genera un tipo de bienestar emocional que es difícil de explicar, pero fácil de sentir. 

Sin embargo, también he visto el otro lado, ya que hay personas que depositan en sus gatos toda la responsabilidad de “curarlos”, como si el animal tuviera la obligación de llenar huecos emocionales profundos o resolver problemas que requieren un enfoque más amplio. Y ahí es donde siento que debemos ser sinceros. Los gatos ayudan, sí. Acompañan, calman, alivian. Pero no pueden reemplazar la atención psicológica profesional cuando la situación lo requiere. 

Poner todo ese peso en un animal puede ser injusto tanto para él como para la persona. Como señala ¿Por qué los gatos son una caja negra médica?, publicado en The New York Times, los gatos siguen siendo poco comprendidos incluso por la ciencia, no porque no importen, sino porque aún no sabemos leer del todo lo que sucede en sus cuerpos y comportamientos. 

Quizá el malentendido nace de confundir alivio con solución. La gatoterapia es un complemento, no un tratamiento central. Como recuerda el etólogo James A. Serpell en un análisis reciente, los animales pueden funcionar como un tipo de apoyo social que reduce el estrés de forma similar, y en algunos casos mejor que los humanos, pero siempre dentro de un marco más amplio de cuidado. 

Por eso creo que la gatoterapia merece ser vista como una opción real dentro del bienestar emocional, y más para quienes buscan formas suaves de regularse en medio del estrés diario. Un gato no cura la vida, pero puede hacerla más llevadera. Puede iluminar un día que venía oscuro con un parpadeo lento o un ronroneo inesperado. 

Al final, Cosmo, aquel gato que recogí sin pensarlo demasiado, terminó enseñándome algo que yo misma había olvidado: que incluso en medio del caos siempre puede existir un pequeño rincón de tranquilidad. A veces ese rincón tiene bigotes, ojos amarillos y aparece justo cuando más lo necesitas. 

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Sobre Kelly Chaico

Estudiante de Comunicación y Publicidad.

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